sábado, 6 de junio de 2009

San Nicolás del Monte se niega a morir




Por: Ángel Flores, Domingo, 25 de Mayo de 2008
El pueblo minero sólo quedan ruinas de ricas construcciones, costumbres, fiestas, paisajes, tranquilidad, naturaleza y pocas familias acogedoras
GUANAJUATO
Mineral de San Nicolás del Monte es uno de esos antiguos poblados mineros que, así como surgieron, gracias a la abundancia de sus minas, poco a poco han ido desapareciendo debido al agotamiento de las ricas vetas, dejando espacio para vivir a unas cuantas familias que han levantado sus viviendas de entre las ruinas de lo que antes fueran ricas construcciones.
RESTOS
Vestigios de lo que fuera una próspera mina hace muchos años.Ubicado a 20 minutos del poblado de Santa Rosa de Lima y a 40 de la capital, el Mineral de San Nicolás del Monte se encuentra en el fondo de una cañada que conforman varios montes o cerros, hasta dicho lugar sólo se accede tras conducir unos 15 kilómetros entre caminos de terracería, curvas estrechas y caminos angostos; no hay transporte público.
Así, oculto entre árboles, cerros y tierra, se encuentra el antiguo y abandonado mineral, cuyo casco y vieja construcción se alcanza a ver desde lejos, al llegar a simple vista se encuentra la canastilla que llevaba por el tiro directamente hasta la bocamina, hoy sólo son ruinas.
Cables de acero, viejos carros mineros, cables de electricidad de alta tensión en desuso, lo mismo que el elevador y el casco de la mina destruido por el paso del tiempo, las inclemencias del tiempo y el abandono, hacen del lugar un sitio mágico, al que la soledad y la inmensidad del campo hacen de este un lugar propicio para la convivencia y la reflexión.
Sin embargo, más adentro, ya en el viejo pueblo minero, a pesar de las viejas construcciones, de las ruinas y del abandono, aún subsiste parte de su población, con apenas 53 familias, es decir más de 200 personas, San Nicolás del Monte se niega a morir.
Casas fincadas sobre las faldas de los cerros a los que se llega después de cruzar los campos polvorosos de futbol y béisbol, única diversión del lugar, hay que subir por entre caminos empedrados por sus propios vecinos, donde los perros, sin otra cosa que hacer, toman el sol con la calma que caracteriza al lugar.
Aunque en apariencia no se nota mucho movimiento en el pequeño poblado, si se pone atención se alcanzan a escuchar los ladridos que los perros emiten al ver a gente extraña, el murmullo de los árboles, el canto de las aves y también la música que sale de las casas donde las mujeres lavan o cocinan mientras que los hombres descansan, algunos, otros vigilan el ganado y varios más se van a trabajar a las minas de la capital.
En el centro, al fondo del pueblo, entre casas, tiendas y polvo, destaca por encima de todo, el pequeño templo erigido el 14 de junio de 1856, según dice la placa de cantera instalada a uno de los costados de las paredes pintadas de terracota.
El templo, al igual que el pueblo, fue construido en honor a San Nicolás, sin embargo, aunque por fuera luce magnífico, por dentro las filtraciones de agua han deteriorado la decoración que poco a poco desaparece, pero que parece ser, según comentan los vecinos, se encuentra en reparación.
Así, aunque la visita por el lugar no lleva mucho tiempo, es posible darse cuenta de que, pese a lo alejado de la zona urbana, en San Nicolás cuentan con casi todos los servicios, desde agua potable, suministrada cada tercer día, energía eléctrica y hasta sistema de televisión vía satélite; también, en el lugar hay dos escuelas.
Aún así, la gente acostumbra acarrear agua sobre sus hombros, misma que extraen de pozos ubicados entre los cerros, quizá esta incomodidad sólo sea comparable al hecho de que no hay transporte público hasta dicha zona, de la que sólo se puede salir en automóvil particular o caminado, para los que conocen, media hora cruzando entre los cerros y montañas de la sierra hasta Santa Rosa, donde pueden encontrar un medio de transporte.
Todo ello, fue posible observarlo mientras que Cornelio Ramírez, de 59 años de edad, acompañaba a correo durante un recorrido en el que comentó los pormenores del lugar en el que nació y en el que vive con su madre y su familia.
Explicó que pese a lo abandonadas de las construcciones minerales, muchas de ellas tienen dueño, uno sólo, Rafael Villagómez, "nunca viene por acá", dijo Cornelio mientras que apoyado en su bastón sorteaba las piedras salidas del camino de regreso hacia su puesto de trabajo autoimpuesto, el de vigía de la población.
Respecto de la vigilancia de lugar, si bien el hombre se apresuró a decir que la Policía Municipal Preventiva realiza constantes patrullajes por la zona, en realidad "siempre llegan cuando ya se acabaron los trancazos", suscitados principalmente los fines de semana cuando "los de Santa Rosa vienen a buscar a las muchachas", explicó.
Indicó que no es bien visto por los hombres de San Nicolás, como en muchos otros lugares, que los hombres de otros pueblos vayan a asediar a sus mujeres, sin embargo "ellas los aceptan y así ni cómo hacerle", refirió.
Finalmente, aunque apenado por no dejar que le tomaran fotografías, algo a lo que la gente de San Nicolás no está habituada, Cornelio indicó que es común que hasta ese lugar, oculto entre la Sierra de Santa Rosa, acuda gente ajena, casi siempre para pasar un día de campo al pie de sus grandes árboles, y pasar un agradable momento entre familias y amigos, rodeados de la naturaleza.